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CUANDO LOS AYAPELENSES SABIAN DEFENDER LO SUYO

CUANDO LOS AYAPELENSES SABÍAN DEFENDER LO SUYO Por: Luis Carlos Garnica Márquez

La gran María Luisa o ciénaga de Ayapel, vasta y misteriosa, ha sido desde tiempos remotos mucho más que un cuerpo de agua: ha sido madre, refugio y despensa. Por su generosidad sin medida y su inagotable riqueza en toda clase de fauna lacustre —especialmente en peces, que parecían brotar del fondo como frutos del agua—, fue siempre tierra prometida para quienes sabían leer los secretos del remo, la red y el silencio.

No había rincón de ella que no contara con un nombre dado por los viejos pescadores, ni orilla donde no se hubieran asentado fogones, chinchorros y relatos. Su belleza, tan salvaje como serena, conquistaba tanto a los hijos del pueblo como a forasteros que llegaban atraídos por la fama de sus aguas y la abundancia de sus entrañas.

Ayapel fue, y sigue siendo, un punto de encuentro entre el hombre y la naturaleza, un escenario donde la pesca y la caza no eran solo oficios, sino rituales heredados, cargados de respeto y sabiduría ancestral. Allí, entre garzas blancas, caimanes dormidos y el constante croar de las ranas, el tiempo parecía tener otro ritmo, uno dictado por el vaivén de las olas, el canto del viento y los ciclos eternos del agua.

Con el tiempo, y como suele ocurrir con todo lo hermoso y generoso, la ciénaga de Ayapel atrajo miradas ajenas. No solo las de quienes venían con respeto a contemplar su belleza o a vivir la experiencia de una pesca tranquila bajo el sol poniente, sino también las de aquellos otros que llegaban con ojos codiciosos, con redes demasiado grandes y corazones demasiado pequeños.

Era fácil distinguirlos. Los primeros —los curiosos, los viajeros, los románticos— se quedaban extasiados ante el vuelo de una garza o el salto de un bocachico. Preguntaban, escuchaban, aprendían. Venían por el encanto, no por el botín.

Los otros, en cambio, llegaban con el apuro de quien no viene a quedarse, sino a llevarse lo que pueda antes de que lo echen. No pescaban, arrasaban. No conocían de vedas ni respetaban los ciclos sagrados del agua. Con sus artes indiscriminadas, comenzaron a borrar lentamente lo que siglos de equilibrio habían construido: peces nativos que desaparecían sin despedida, aves que mudaban su vuelo, y humedales que se volvían desiertos momentáneos.

Los viejos del pueblo los miraban con recelo. Sabían que no toda visita es bendición, y que la ciénaga —como toda madre— también podía enfermar si se le arrancaban los hijos sin piedad.

Hubo una época, allá por los agitados años de mediados del siglo pasado, en que los pescadores de la Villa de San Benito Abad, San Marcos, Guaso, Jegua y del mismo Magangué —conocidos en toda la región como los “amos y señores” del río San Jorge— comenzaron a mirar con deseo los dominios calmos de la ciénaga de Ayapel. Empujados por la escasez en sus aguas o por la promesa de mayor abundancia, incursionaron sin permiso, lanzando sus extensos chinchorros hasta muy cerca del Cebruno, como si el corazón de la ciénaga les perteneciera.

Aquello no tardó en encender las alarmas. Los pescadores de Ayapel, celosos guardianes de sus aguas y herederos de generaciones enteras que habían vivido de la pesca respetuosa, vieron en esa invasión una amenaza abierta a su sustento, a su historia, y al equilibrio natural del humedal.

No se quedaron de brazos cruzados. Se reunieron bajo el sol de la playa, entre canoas atracadas y machetes al cinto, y tomaron una decisión firme: irían al Tronco, un punto remoto y estratégico en los límites de la ciénaga, donde se habían asentado aproximadamente doscientos chinchorreros venidos de otros lugares.

No era un encuentro cualquiera. Se trataba de una defensa territorial, pero también de dignidad. No buscaban pelea, pero tampoco permitirían el saqueo de su laguna.

La expedición fue encabezada por hombres de respeto y temple, viejos curtidos por el sol del río y jóvenes con sangre ardiente que no toleraban atropellos. Con remos en mano y la palabra por delante, emprendieron la travesía hacia el Tronco, no solo para poner límites, sino para recordarle a los forasteros que la gran María Luisa de Ayapel no era tierra sin dueño, sino un territorio sagrado, heredado por generaciones y defendido con honor.

La expedición al Tronco no fue improvisada. Fue una marcha silenciosa pero firme, nacida del respeto por la tierra y del deber de proteger lo que por generaciones había sido sustento y legado. Al frente de aquella travesía se encontraban nombres que aún resuenan con fuerza en la memoria de Ayapel, aunque sus cuerpos ya descansan bajo la tierra que tanto amaron: Pedro Fidel Centeno, Juan Bernal, Pablo Pacochaga, Juan Sábalo, Maximiliano Centeno, Manuel Centeno y Olimpo Arcos. Hombres de palabra recia y manos curtidas, pescadores de alma que conocían cada palmo de la ciénaga como quien conoce las líneas de su propia palma.

Detrás de ellos, acompañándolos con la reverencia de los que aprenden del ejemplo, iban los entonces muchachos: Ambrosio Meza, Olaya Meza, Víctor Meza, Salomón Villarreal y Alfonso Mendoza. Jóvenes en aquel entonces, pero con ojos atentos y el corazón firme, testigos de una gesta que marcó un antes y un después en la historia silenciosa de su pueblo. Ellos representaron a los pescadores de Ayapel, y en esa jornada, entre caños y manglares, tomaron el liderazgo con la dignidad de quien defiende su casa sin miedo y sin rencor.

Fue más que un encuentro. Fue un acto de memoria, de resistencia y de amor por una tierra que sigue viva en cada remolino del agua.

El 5 de enero de 1955, a las 9:40 de la mañana, la ciénaga tembló, pero no por tormenta ni por rugido de bestia alguna, sino por la llegada solemne de 125 canoas surcando en formación perfecta las aguas que llevaban directo al puerto del Tronco. En cada embarcación iban dos almas: el Probero y el patrón, remando al compás de un mismo propósito. Nunca antes se había visto en la región una movilización semejante: no era guerra, pero tampoco paseo. Era una causa nacida del corazón del pueblo. Desde la orilla, los chinchorreros forasteros miraban desconcertados. Algunos se pusieron de pie, otros dejaron caer las redes al suelo, sorprendidos por aquel desfile silencioso que emergía del agua como si fuera parte de la misma ciénaga. Sus rostros oscilaban entre la desconfianza y el asombro.

Cuando la última canoa tocó tierra, Pedro Fidel Centeno, erguido y sereno como un árbol viejo, dio un paso al frente. Con la voz firme, sin levantar el tono pero dejando claro su propósito, se dirigió a un grupo de pescadores que descansaban en la playa: —Nosotros somos de Ayapel, y venimos en son de palabra, no de pleito. Queremos hablar con ustedes y hacer algunos acuerdos referentes a los sitios y modalidades de pesca en nuestra ciénaga. Les pedimos que reúnan a todo su personal para que escuchen lo que tenemos que decirles.

Nadie se movió al principio. El silencio parecía pesado, como si el aire mismo se negara a fluir. Pero luego, poco a poco, los forasteros comenzaron a congregarse. Algunos cruzaban los brazos, otros bajaban la mirada. En el centro de esa playa improvisada como asamblea, el destino de la ciénaga estaba a punto de ser discutido, no con armas ni gritos, sino con la fuerza inquebrantable del respeto y la voz del pueblo unido.

Los emisarios se dispersaron sin perder tiempo, rancha por rancha, tocando con respeto las puertas improvisadas de madera y palma, llamando a los chinchorreros para que se acercaran a la playa del Tronco. Media hora más tarde, como si una campana invisible hubiese sonado, todos estaban allí reunidos, rostros atentos, miradas serias, entre la brisa del agua quieta y el crujir leve de las ramas secas.

Pedro Fidel Centeno, aún con el temple intacto, volvió a ponerse de pie sobre un montículo de arena. A su alrededor, sus compañeros guardaban silencio. El sol caía fuerte, pero no más que las palabras que estaban por pronunciarse. Alzó la voz con la firmeza de quien no habla por sí mismo, sino por todo un pueblo:

—Somos ayapelenses —dijo, con tono pausado pero profundo—, y venimos en son de paz. Pero también venimos decididos a defender lo que nos corresponde, que no es otra cosa que el patrimonio que nuestros abuelos nos dejaron, y que un día heredarán nuestros hijos. Una leve corriente cruzó el rostro de los forasteros. Pedro Fidel continuó: —Sabemos bien que todos tenemos derecho al trabajo, a pescar, a alimentar a nuestras familias con dignidad. Pero también sabemos que esta ciénaga no es cualquier cuerpo de agua. Para nosotros, es sagrada. Es la madre que nos da el pan, el techo, la historia.

Hizo una pausa. Nadie se movía. —Por eso, no permitiremos, bajo ningún punto de vista, que aquí se realicen pescas indiscriminadas, ni que se capturen peces por debajo de las tallas mínimas que nosotros, los hijos de esta tierra, hemos establecido con base en la experiencia y el respeto por el equilibrio natural. En Ayapel se pesca con arpón, con atarraya, y con chinchorros de malla grande. No por capricho, sino para no maltratar a los peces pequeños, para dejar crecer lo que aún debe crecer. Sus ojos recorrieron a la multitud frente a él. Y con voz clara, como quien traza una línea en el agua que no puede ser cruzada, concluyó: —Y que les quede bien claro: los límites para su zona de pesca llegan hasta este sitio. De aquí en adelante, la ciénaga habla en lengua ayapelense. El silencio que siguió no fue de miedo, sino de reconocimiento. Porque aquel día, en la playa del Tronco, no solo se defendió un territorio: se defendió una forma de vivir, de cuidar, de pertenecer. Mientras hablaba con voz clara y sin titubeos, Pedro Fidel Centeno alzaba su brazo y señalaba un punto preciso en el horizonte, una franja entre manglares y aguas tranquilas que, con el paso del tiempo, habría de conocerse como "Los Letreros". Ese gesto simple, cargado de autoridad moral y sabiduría ancestral, trazaba una frontera invisible pero inquebrantable. —Frontera que no debe ser traspasada por ninguno de ustedes, —advirtió, con la firmeza de quien no amenaza, sino establece ley nacida del consenso del pueblo—. A partir de este momento, tienen 48 horas para desocupar estos lugares y reubicarse fuera del perímetro que nosotros, los pescadores de Ayapel, hemos establecido. Un murmullo recorrió la multitud. Pero nadie alzó la voz. La dignidad de las palabras de Pedro Fidel, sumada a la imponente presencia de 125 canoas y un pueblo unido por el mismo propósito, dejaba claro que no había marcha atrás. Ante argumentos tan sólidos y, sobre todo, frente a la decisión férrea del líder ayapelense, los forasteros no tuvieron más opción que acatar. Uno a uno fueron recogiendo sus aparejos, enrollando sus redes, desarmando sus ramos de chinchorros y guardando sus provisiones en silencio. Algunos se desplazaron hacia Los Letreros, aceptando la frontera con respeto. Otros buscaron nuevos asentamientos en La Ceja, La Junta, Cañafístola, Cecilia y Seheve. Unos pocos, quizás desanimados o nostálgicos por lo perdido, optaron por regresar a sus tierras de origen, llevándose consigo no solo sus bultos, sino la lección de que la ciénaga tenía quien la defendiera. Desde entonces, aquel día quedó grabado en la memoria colectiva como el momento en que Ayapel se alzó sin armas, pero con el poder de la palabra, para proteger su agua, su pesca, y su historia. La decisión tomada por aquel puñado de ayapelenses en aquella mañana histórica no fue solo un acto de defensa territorial: fue una declaración de amor profundo por su ciénaga, por su gente, y por el futuro. La firmeza de sus palabras, la serenidad de su acción y el respeto con que marcaron los límites no solo contuvieron el avance de la pesca desmedida, sino que abrieron el camino para que la naturaleza pudiera sanar. Gracias a ellos —a esos valientes que alzaron la voz por todos—, la ciénaga comenzó poco a poco a repoblarse. Especies que ya se daban por perdidas regresaron en cardúmenes tímidos al principio, confiadas luego en las aguas que volvían a ser santuarios. Así fue como bocachicos, doradas, sábalos y otras especies pudieron seguir nadando en libertad, y los niños y jóvenes de hoy han podido conocerlas, aprender sus nombres, y verlas saltar bajo el mismo sol que un día fue testigo del coraje de sus mayores. Aquella fue —y sigue siendo— la actitud ejemplar de un grupo de coterráneos valerosos, hombres de río y corazón, que no pensaron solo en su momento, sino en lo que vendría después, en los hijos y los nietos, en la tierra que debía mantenerse viva. Hoy, cada vez que una red se lanza con respeto, cada vez que un pescador enseña a otro a esperar el tamaño justo del pez, o cada vez que un niño se asoma a la orilla y descubre la vida que bulle bajo el agua, se honra aquella gesta silenciosa y firme. Fue, es y seguirá siendo un ejemplo. Un faro para las generaciones presentes y futuras de nuestra tierra. Porque en Ayapel, la ciénaga no se hereda como propiedad: se cuida como un corazón que late en nombre de todos.

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