DÍA DE LAS MADRES Por: Luis Carlos Garnica Márquez
En el cenit del mes de mayo, un manto de nostalgia se ciñe sobre mi alma, trayendo consigo los recuerdos imperecederos de antaño. Cada año por esta fecha, era costumbre reunirme con mis más íntimos amigos, aquellos que compartían mi pasión por la música y el canto, para emprender una odisea nocturna destinada a honrar a nuestras madres y a las maternidades que abrazaban a nuestros compañeros de ruta.
En esos tiempos idos, la juventud nos envolvía con su júbilo desbordante, impregnando cada paso con la esencia misma del folklore. Recuerdo con una añoranza palpable las primeras notas que brotaban de la guitarra de Édison Urueta, cuya voz de barítono parecía susurrar melodías al viento. Junto a él, Anuar Oviedo Noya, maestro de los acordes, tejía un tapiz de armonía que exaltaba nuestros corazones. Y en el eco de las canciones, resonaban las voces tenor de William Márquez Ealo, llenas de luminosidad y pasión, como faros en la noche oscura.
Pero no puedo olvidar el acompasado aliento del acordeón diatónico, danzando al ritmo de las estrellas, bajo la experta mano de Iván Márquez Barrios. Y entre las sombras, las palabras susurradas de Orlando “El Chato” Garnica Hoyos, llenaban el aire de una ternura profunda, como un susurro de amor maternal. Rafita Márquez Márquez, con su expresión vocal única, pintaba paisajes sonoros que se fundían con la brisa nocturna, mientras los coros de Carlos Ortega Montes y Juan Farak Marzola, cargados de decibeles y emoción, elevaban nuestros cantos hacia lo alto.
En ese escenario de música y camaradería, surgían las composiciones románticas y bien estructuradas de Ronal Jaller Serpa, como versos de amor dedicados a las madres del universo. Las anécdotas, con su encanto folklórico, brotaban de los labios de Nelson Navarro Hernández, tejidas con hilos de risas y complicidad. Cada voz, cada acorde, cada nota, conformaban el entorno sonoro de nuestra juventud, uniendo nuestras almas en una sinfonía de amistad y gratitud.
Las madres, musas eternas de nuestra inspiración, se erguían con orgullo y belleza en el centro de nuestro homenaje. Entre ellas, mi propia madre, Ana Susana Márquez, irradiaba amor y ternura, como un faro de luz en la oscuridad. Y junto a ella, otras maternidades se alzaban como estandartes de amor incondicional: Inés Ealo, Cristina Barrios, Pola y Petrona Garnica, Sofía Márquez Montiel, Rosa Elena Hernández, Francia Serpa, Francia Montes, Julia y Pía Villanueva, Pola Arias, Benita Hernández, Margarita Ibarra, Mireya Marquez, Alcira Martínez, Josefa Mejía, Soledad Otero, Julia Ena Carriazo, y tantas otras cuyos nombres se entrelazan con el tejido mismo de mi memoria.
Pero lamentablemente, el tiempo inexorable ha erosionado estas bellas costumbres, sepultándolas bajo el peso de la modernidad. Los avances tecnológicos, representados en los omnipresentes teléfonos celulares, han contribuido al declive de nuestra rica herencia cultural, relegando las serenatas y los cantos a un rincón olvidado de la historia.
Hoy, mi corazón se estremece ante el recuerdo de aquellos días dorados, y anhelo con fervor que el eco de nuestras serenatas vuelva a resonar en las calles de mi amado Ayapel. Que las notas de la guitarra y el acordeón se mezclen una vez más con la risa y la alegría, que los cantos de amor y gratitud encuentren eco en los corazones de todos aquellos que escuchen. Que nuestras madres, guardianas de nuestro ser, sean honradas como se merecen, con la dulce melodía de nuestros corazones y la armonía de nuestras voces unidas.
Que esta nostalgia que me embarga sea el germen de un renacimiento cultural, donde las viejas costumbres encuentren un nuevo aliento, y donde el amor y la gratitud hacia nuestras madres brillen eternamente como estrellas en el firmamento de nuestra existencia, y los clavelitos rojo y blanco que se portaban en el pecho en este día, vuelvan a tener algún significado para las nuevas generaciones.
.
© Lucho Garnica Márquez. Todos los derechos reservados. Desarrollador por Ing. Jairo L. Acosta H.