Barrio San José, Ayapel Córdoba + garnicamarquez@gmail.com

EL CEDRO, PASADO Y PRESENTE

EL CEDRO: PASADO Y PRESENTE Por: Luis Carlos Garnica Márquez

El Cedro es un corregimiento que se extiende a solo 3 kilómetros al suroriente de la cabecera municipal de Ayapel, a orillas de la majestuosa ciénaga que da vida a la región. La cercanía al cuerpo de agua ha marcado su historia, economía y cultura, convirtiéndolo en un punto estratégico de conexión entre la tierra y el agua, entre el pasado y el presente. El Cedro se encuentra delimitado por paisajes y caminos que han definido su identidad territorial. Al norte colinda con Caño Pinto y los límites de Sincelejito; hacia el sur, se extiende hasta Quebradona, comunicándose a través de caminos veredales con el corregimiento de Palotal. Por el oriente, lo bordea la carretera que va desde La Colombia hasta Pueblo Nuevo Popales, marcando los límites con Playa Blanca. Y hacia el occidente, se abraza con la ciénaga de Ayapel, ese espejo de agua que ha sido sustento, camino y símbolo para sus habitantes. El paisaje de El Cedro está marcado por una geografía generosa pero también desafiante. Su territorio, en su mayoría plano, está compuesto por quebradas, sabanas, bosques y amplios pastizales que han servido tanto para el sustento como para el desarrollo de actividades económicas. En cuanto a las vías de comunicación, se puede acceder al corregimiento por vía fluvial y terrestre. Sin embargo, ambas presentan dificultades. Durante la temporada de crecientes, la navegación se ve obstaculizada por la abundancia de taruyas y sedimentos firmes que entorpecen el paso. Por su parte, el acceso terrestre —aunque posible— se halla en estado regular: algunos tramos están balastrados, pero varios puentes muestran deterioro, y en época de lluvias el camino se torna intransitable por el desbordamiento de arroyos y la aparición de grandes huecos. La población de El Cedro oscila entre los 1.500 y 2.000 habitantes, la mayoría perteneciente al estrato uno. Cerca del 75% se identifica como mestiza, mientras que el resto corresponde a personas mulatas. Las familias están distribuidas a lo largo del perímetro del corregimiento, organizadas en núcleos de entre seis y siete integrantes, lo que da cuenta de una estructura comunitaria sólida y extendida. La movilidad social dentro del territorio ha estado marcada por múltiples factores. Por un lado, han llegado migrantes atraídos por la tierra o empujados por el desplazamiento forzoso, ya sea por violencia, inundaciones o presiones del modelo capitalista. Por otro lado, también se presenta una constante emigración de jóvenes y adultos hacia la cabecera municipal o las ciudades, motivados por la búsqueda de mejores oportunidades laborales —muchos de ellos terminan trabajando como raspachines en otras regiones— o simplemente en busca de una vida más estable. Para cerrar este recorrido por El Cedro, vale decir que el corregimiento cuenta con unas 240 viviendas aproximadamente. De ellas, cerca del 50% están construidas en bahareque —una técnica tradicional a base de palos, barro, estiércol de ganado y tablas— que refleja las raíces rurales y la resiliencia de su gente. El resto son edificaciones de material más sólido, como bloques y ladrillos, resultado de los esfuerzos de muchas familias por mejorar sus condiciones de vida. Estas casas, sencillas pero llenas de historia, conforman el paisaje humano de un territorio que aún lucha por equilibrar su identidad cultural con los desafíos del presente. En 1950, ante la devastadora creciente de los ríos Cauca y San Jorge, varias familias desplazadas de La Mojana encontraron refugio en tierras altas del corregimiento El Cedro, jurisdicción de Ayapel Córdoba. Esta región, históricamente vulnerable a inundaciones, se convirtió en un nuevo hogar para aquellos que perdieron todo en la creciente. El asentamiento se estableció en terrenos propiedad de tres familias: don Erasmo Ortega, Gabriel Mercado y los hermanos César y Melchor Montes. De ellos, Ortega y Mercado fueron reconocidos como los principales fundadores del pueblo. Su iniciativa permitió que El Cedro floreciera como una comunidad agrícola, inicialmente dedicada a cultivos como el maíz y la yuca. La llegada de estos colonos marcó un hito en la historia de la región, transformando un terreno montañoso en un próspero corregimiento. Hoy, El Cedro es un testimonio de resiliencia y adaptación, donde la memoria colectiva honra a sus fundadores y a las generaciones que han contribuido a su desarrollo. Corría el año 1953 cuando el paisaje de la región comenzó a transformarse. Los campos se llenaron de extensas siembras de arroz, maíz y yuca, cultivos que marcaron el inicio de una nueva era agrícola. En largas caravanas, las mulas cargaban los productos cosechados hasta las orillas del río, donde lanchas como La Corozal y La América aguardaban para llevar la carga hacia otros pueblos. El comercio fluvial se volvía entonces una rutina, mientras la tierra, antes cubierta de selva, cedía paso al progreso. Grandes montañas eran taladas y quemadas con herramientas rudimentarias: rulas, hachas y sierras manuales. Así, entre humo, madera y sudor, se abría paso una economía naciente, impulsada por el trabajo artesanal y el deseo de crecimiento. La riqueza maderable de la zona era abundante y codiciada. Cedros imponentes, robles firmes, tostados, polvillos, chingalés, fremos, almendros, peronillos y puntes conformaban un bosque espeso y diverso que parecía inagotable. En las cercanías de la ciénaga, el paisaje cambiaba: allí crecían mangles, mamones cacó, zapateros, guamos y otras especies adaptadas al entorno húmedo. Pero esa exuberancia natural no resistió el paso de la ambición humana. La comercialización de la leña y la expansión agrícola arrasaron con estos árboles, abriendo el terreno para nuevos cultivos y asentamientos. Hacia 1955, la actividad agrícola se intensificó aún más, consolidando un proceso de transformación profunda del paisaje y del modo de vida en la región. Pero no solo la agricultura y la madera definieron esta etapa de transformación; la pesca también jugó un papel clave. El bocachico, abundante en las aguas de la ciénaga y los ríos cercanos, se convirtió en un producto de gran demanda. Era transportado en lanchas y camiones provenientes de otras ciudades, y su comercio impulsó notablemente la economía local y el crecimiento poblacional. Durante años, esta actividad floreció, pero con el tiempo, su sostenibilidad se vio amenazada. El uso indiscriminado de chinchorros y atarrayas fue mermando la productividad pesquera, marcando el inicio de una crisis en el sector. A finales de los años 60, otro recurso despertó el interés de los colonos: el oro. Las zonas de Quebradona y Las Escobillas se convirtieron en puntos neurálgicos de la explotación minera, atrayendo buscadores de fortuna y generando una nueva dinámica económica. Esta fiebre del oro se extendió hasta finales de los años 80, dejando huellas profundas tanto en la geografía como en la memoria colectiva de la región. La cultura popular también encontró su espacio en medio de los cambios económicos y sociales. Desde 1956, cada 1, 2 y 3 de febrero, el pueblo se vestía de fiesta para rendir homenaje a la Virgen de la Candelaria con tres días de corralejas. Aquella celebración, vibrante y multitudinaria, se convirtió en una tradición ininterrumpida hasta 1975. Luego, aunque las corralejas cesaron, el espíritu festivo persistió: durante cinco o seis noches, la cumbia se tomaba las calles, animada por el sonido ancestral de pitos y tambores. Estas festividades no solo marcaron el calendario, sino que dejaron huellas en la identidad colectiva. Costumbres como las carreras de caballos, las riñas de gallos y la famosa “vaca loca” del 11 de noviembre —acompañada de fandangos y jolgorio— son expresión viva de un folclor que, aunque transformado por el tiempo, aún late en la memoria de la comunidad. La identidad de la región, forjada entre cultivos y redes de pesca, se expresa también en sus símbolos. La atarraya, la canoa y el azadón —herramientas esenciales en la vida diaria del campesino y el pescador— han quedado como emblemas del trabajo, la resistencia y el arraigo a la tierra y al agua. En medio de este desarrollo social y económico, El Cedro fue erigido como corregimiento en 1953, estableciéndose su administración judicial bajo la figura de un inspector y un secretario. Cinco años más tarde, en 1958, la comunidad dio un paso más hacia la organización ciudadana al conformar la primera Junta de Acción Comunal, presidida por el señor Eugenio Quintero. A partir de entonces, se consolidaron las bases de participación colectiva y autogestión que aún hoy son parte del legado cívico de sus habitantes. La espiritualidad también ha jugado un papel clave en la cohesión social del corregimiento. Las religiones más profesadas por sus habitantes son la católica y la cristiana evangélica. Ambas han sabido convocar a la comunidad a través de celebraciones, cultos y eventos que fortalecen los lazos de fe y convivencia. Estas manifestaciones religiosas no solo han alimentado la vida espiritual, sino que también han contribuido a mantener una relación social armoniosa y solidaria entre vecinos. Con el paso del tiempo, el ambiente del corregimiento ha experimentado una transformación silenciosa pero profunda, marcada por las huellas de sus propios habitantes. Hoy conviven en la comunidad personas provenientes de distintas regiones del país, trayendo consigo nuevas costumbres, acentos y formas de vivir. Esta diversidad ha enriquecido la vida local, pero también ha cambiado ciertos rasgos de la tradición. Aunque aún se celebran actividades recreativas como las carreras de caballos, las riñas de gallos, la vaca loca, los fandangos y los eventos deportivos, algunas expresiones culturales han comenzado a desvanecerse. Las tradiciones orales —los cuentos de espantos, mitos y leyendas que alguna vez resonaron en velorios o en reuniones familiares a la luz de un mechón— hoy se perciben como ecos del pasado, casi ausentes en la cotidianidad actual. El Cedro, corregimiento de raíces profundas y memorias vivas, cuenta hoy con una población de aproximadamente 1.200 habitantes en su zona urbana, según el último censo realizado en 2006. Sin embargo, el crecimiento poblacional, la escasez de empleo, y la concentración de la tierra —cada vez más destinada a la ganadería extensiva— han generado nuevas tensiones sobre el territorio. Uno de los efectos más visibles de este modelo de ocupación ha sido el deterioro ambiental, por diferentes y variados motivos. La ciénaga, fuente vital para la pesca y el equilibrio ecológico, sufre hoy las consecuencias del uso inadecuado de sus recursos naturales, fundamentados en la minería, la pesca indiscriminada y la permanente amenaza de los desbordamientos y ruptura de diques del rio Cauca. La contaminación avanza también sobre los caños y quebradas que la alimentan, amenazando no solo a la biodiversidad local, sino también a la memoria de un pueblo que por generaciones vivió en estrecha relación con el agua. La degradación ambiental que hoy enfrenta la región no es solo consecuencia de la expansión humana, sino también de una pérdida paulatina del sentido de pertenencia. La falta de educación ambiental, el escaso conocimiento sobre el cuidado de los ecosistemas y una culturización inadecuada han contribuido a que muchas prácticas cotidianas pasen inadvertidas como actos de daño. Incluso algunas tradiciones costumbristas, como ciertas actividades propias de la Semana Santa, han tenido un impacto directo sobre la fauna local. La caza indiscriminada ha provocado la disminución de especies como la hicotea, el ponche, el bagre y otras que antes eran abundantes en la ciénaga y sus afluentes. Así, mientras se pierden las especies, también se desvanece una parte del equilibrio ancestral entre cultura y naturaleza. Ante la creciente preocupación por el deterioro ambiental, se plantea la necesidad urgente de ejecutar un nuevo proyecto que busque mitigar los efectos de la contaminación y la pérdida de biodiversidad. Aunque no es el primer esfuerzo en esta dirección, ya que diversas instituciones han intentado implementar soluciones en el pasado, los resultados han sido, lamentablemente, insuficientes. A pesar de las buenas intenciones, las iniciativas previas no lograron frenar el avance del daño, dejando a la comunidad con la sensación de que aún falta un enfoque más efectivo y duradero. A pesar de los desafíos, las perspectivas para el mejoramiento ambiental de la zona son optimistas. La mayoría de los habitantes de El Cedro está dispuesta a colaborar y a tomar medidas para frenar el deterioro del entorno que los rodea. Existe un sentido de responsabilidad compartida, un deseo de preservar lo que queda para las futuras generaciones. Sin embargo, es fundamental que este compromiso se vea respaldado por un proceso de sensibilización y educación ambiental que involucre a todos los miembros de la comunidad. Solo a través de un esfuerzo colectivo, en el que cada habitante se convierta en un actor activo, se podrá lograr un cambio real y duradero.

.

0 Comentarios

Déjanos tu comentario

Nuestra dirección

Barrio San José, Ayapel Córdoba

garnicamarquez@gmail.com

+

Links Populares

© Lucho Garnica Márquez. Todos los derechos reservados. Desarrollador por Ing. Jairo L. Acosta H.