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LA DEVOCIÓN POR SAN JERÓNIMO

LA DEVOCIÓN POR SAN JERÓNIMO Por: LUIS CARLOS GARNICA MÁRQUEZ Cada año, cuando el calendario marca el 21 de septiembre, Ayapel entra en un estado de fervor colectivo que transforma sus rutinas y convoca a sus habitantes a un mismo destino: el templo central. Desde tempranas horas, el pueblo se vuelca con devoción para colmar el recinto sagrado y presenciar el solemne descenso de la efigie de San Jerónimo, patrono y custodio espiritual de la comunidad, desde su altar habitual. Con ese acto simbólico y cargado de fe, se inaugura la noche inicial de las novenas, un tiempo de recogimiento, promesas y plegarias que se prolonga durante varios días. La festividad alcanza su clímax el 30 de septiembre, cuando la majestuosa procesión recorre las calles entre rezos, cantos y miradas emocionadas, y se sella finalmente con el estallido del último artefacto pirotécnico, cuyo fulgor ilumina el cielo nocturno desde el ya tradicional castillo, ofrecido como homenaje al pueblo y, en especial, a los devotos que acompañan al santo en su recorrido triunfal. Resulta casi inevitable, que el espíritu curioso se aventure a buscar en los pliegues de la memoria colectiva y en los archivos del recuerdo, a encontrar las razones profundas que expliquen esta devoción. Una fe que nos estremece, que hace vibrar las fibras más íntimas del sentir y que, sin proponérselo, nos conduce a un estado de emoción tan intensa que roza el éxtasis, como si el tiempo se suspendiera y el alma encontrara, por instantes, su más íntima plenitud. Desde el instante mismo en que el antiguo territorio Panzenú fue sometido al proceso de colonización española, la religión católica se erigió como la fe oficialmente instaurada, bajo la rectoría espiritual del Papa desde Roma y difundida con celo misionero por los conquistadores en tierras americanas. A cada asentamiento descubierto o fundado se le imponía un nuevo nombre, despojándolo de su antigua identidad, y se le asignaba un santo patrono que simbolizaba dependencia, obediencia, respeto y devoción. La evangelización avanzaba así sobre una plataforma exclusivamente católica, de raigambre apostólica y romana, razón por la cual los patronos de los pueblos nacientes respondían al santoral oficial de la Iglesia, convirtiéndose en referentes espirituales y en ejes centrales de la vida religiosa y social de aquellas comunidades en formación. Cuando Alonso de Heredia arribó a estos parajes a finales del año 1534, se encontró con un poblado asentado a orillas de un brazo del río San Jorge, al que los cronistas de la conquista dieron el nombre de Pueblo Grande. Aquel asentamiento revelaba un notable orden urbano: calles rectilíneas, plazas amplias, viviendas limpias y sólidamente construidas, rodeadas de extensos campos de cultivo y jardines que hablaban de una sociedad organizada y próspera. Pueblo Grande, junto con toda su jurisdicción, se hallaba bajo el dominio del cacique Yapé, autoridad ancestral de estas tierras. Sin embargo, la irrupción conquistadora trajo consigo el saqueo y la destrucción del poblado, así como la masacre de buena parte de sus habitantes. Los sobrevivientes, forzados por la violencia y el despojo, se internaron en los humedales del complejo de ciénagas circundante, donde comenzaron a fraguar, entre el agua y el silencio, la resistencia, la reconquista y la posterior reconstrucción de su mundo devastado. En el año 1.570, el gobernador español JUAN DE RODAS CARVAJAL dispuso la reconstrucción y refundación del poblado, asignándole por primera vez el nombre de SAN JUAN DE RODAS. Ma tarde, el año 1.584 , el mismo gobernador Gazpar de Rodas traslada el poblado a orillas de un afluente del rio San Jorge, arriba de las bocas de Seheve, asignándole por primera vez el nombre de SAN JERÓNIMO DEL MONTE; pero, en el año de 1.640 el poblado es trasladado con mucho acierto a orillas de la gran ciénaga de MARIA LUISA, en donde recibe el nombre definitivo de SAN JERÓNIMO DE AYAPEL, en honor al Cacique YAPÉ. Esta información fue obtenida por carta que el comerciante español Juán de Ardebol le envía al gobernador de la provincia de Cartagena Anastasio Cejudo en el año de 1.807, en donde le dice que Ayapel fué ubicado a orillas de la imponente ciénaga de Maria Luisa, donde se encuentra actualmente. Conviene dejar constancia de que el nombre de San Jerónimo se halla congénitamente ligado a la denominación oficial de Ayapel, no por azar ni por simple devoción popular, sino por expresa disposición de la autoridad competente que así lo estableció. De ello se desprende una conclusión casi inevitable: el patrono de Ayapel no podía ser otro distinto a San Jerónimo, pues su tutela o protección ya figuraba inscrita en el nombre primigenio del poblado desde el año 1584, acompañando su devenir histórico y espiritual como un signo fundacional que el tiempo no ha logrado borrar. Luego de recorrer algunos pasajes esenciales de nuestra historia —un ejercicio necesario para comprender las razones profundas de la entrañable devoción que los ayapelenses profesamos a nuestro patrono San Jerónimo— resulta ineludible detenerse en un capítulo decisivo del siglo pasado, el siglo XX. Por designios de las autoridades católicas radicadas en Roma, fueron enviados a esta tierra dos presbíteros cuya huella trascendió lo meramente pastoral y se inscribió de manera perdurable en la vida espiritual y social de Ayapel. Se trata del reverendo padre Matías Ruiz Izquierdo, quien ejerció su ministerio entre 1931 y 1958, y del no menos notable reverendo padre Vicente Ruiz López, guía espiritual de la comunidad entre 1958 y 1969. Ambos sacerdotes, dotados de una profunda vocación evangelizadora y de un liderazgo cercano y convincente, supieron adentrarse con respeto y sensibilidad en la idiosincrasia del pueblo, fortaleciendo los lazos entre la fe y la vida cotidiana. A ellos —y a nadie más que a ellos— se debe, en buena medida, la ferviente devoción que cada ayapelense manifiesta con legítimo orgullo año tras año durante las festividades religiosas de su querido patrono, una devoción que el tiempo no ha menguado y que sigue latiendo con fuerza en el corazón colectivo de la comunidad. El padre Matías Ruiz Izquierdo, llamado así con entrañable familiaridad por la feligresía, era un español dotado de una virtud poco común y profundamente necesaria: el liderazgo natural que nace de la cercanía y del ejemplo. Llegó a estas tierras en 1931 y, sin proponérselo, se fue ganando el cariño sincero y el respeto unánime de la comunidad, al punto de ser escogido padrino de numerosos niños de la época, vínculo espiritual que sellaba una confianza sin reservas. Más allá del cumplimiento riguroso de sus deberes clericales, el padre Matías asumía, cuando las circunstancias lo exigían y hasta donde sus conocimientos se lo permitían, oficios tan diversos como indispensables: médico improvisado, psicólogo atento, sociólogo intuitivo, consejero de familia y confidente de almas atribuladas. Eran dimensiones humanas y pastorales que hoy resultan difíciles de encontrar en tiempos dominados por la fragmentación del saber y la especialización extrema. Fue también el padre Matías quien trajo desde España la hermosa pieza musical que, por decisión suya, se convirtió en el himno dedicado a San Jerónimo, y quien sembró en los corazones de los ayapelenses una veneración más profunda y un respeto renovado por la memoria del santo patrono, devoción que aún hoy resuena en la identidad espiritual del pueblo. El padre Matías Ruiz Izquierdo ejerció su liderazgo espiritual en nuestro pueblo hasta el año 1958, cuando fue sucedido — no reemplazado— por el padre Vicente Ruiz López, quien supo continuar la obra pastoral sin desdibujar la huella profunda de su antecesor, manteniendo viva la llama de la devoción y el sentido comunitario que ya se había sembrado en Ayapel. Es justo, además, detenerse para otorgar los merecidos créditos a un hombre cuya contribución engrandeció el patrimonio cultural y espiritual del pueblo: el insigne músico sincelejano Jesús María Sierra, maestro de maestros, quien residió durante largo tiempo en Ayapel. A él se deben los arreglos y repartos musicales del hermoso himno a San Jerónimo, obra que adquirió forma definitiva bajo su talento y sensibilidad artística. La melodía, concebida con una riqueza poco común, se estructura a partir de tres ritmos y compases distintos —danzón, pasodoble y marcha— que fueron magistralmente combinados y armonizados, logrando una pieza de notable complejidad y belleza. Su interpretación, cuidada y solemne, ofrece un deleite exquisito tanto al oído adiestrado como al oyente neófito, convirtiéndose en un símbolo sonoro de identidad, fe y celebración colectiva. El padre Vicente Ruiz López fue otro de los grandes baluartes de la historia religiosa y cultural de nuestro pueblo. Nacido en Burgos, llegó a Ayapel en 1958, cuando contaba cuarenta años de edad, para asumir el ministerio como presbítero de la parroquia, labor que ejerció hasta 1969, marcando con su partida el cierre de una época: la de los sacerdotes y párrocos españoles que dejaron una huella indeleble en la vida local. Su presencia, sin embargo, trascendió ampliamente el ámbito estrictamente religioso. Además de sus responsabilidades pastorales, ejerció como Inspector Local de Educación, máxima autoridad educativa del municipio en aquellos años, y fue fundador del Colegio Liceo San Jerónimo, institución que funcionó en las instalaciones de lo que hasta hace poco fue el Palacio de Justicia de Ayapel, contiguo al templo parroquial. Fue allí donde tuve el honor de ser su alumno en la asignatura de Preceptiva Literaria, en 1968, cuando cursaba el segundo de bachillerato. De su magisterio heredé no solo reglas y normas, sino también trucos, vericuetos y secretos del idioma, enseñanzas que, con el paso de los años, se convirtieron en herramientas esenciales para el ejercicio de mi vocación como docente y para el oficio paciente y apasionado de la escritura. Su legado, silencioso pero fecundo, continúa vivo en cada palabra bien dicha y en cada texto que honra la disciplina del lenguaje. Aún perdura en mi memoria la imagen entrañable del padre Vicente Ruiz López, de pie en la puerta principal del templo, dejándose envolver con evidente deleite por las piezas musicales interpretadas por la Banda San Jerónimo en los instantes previos al inicio de cada novena. Era un ritual silencioso y personal: el sacerdote escuchando, sonriendo, marcando a veces el compás con leves gestos, como quien dialoga en secreto con la música. Recuerdo, además, su insistencia afectuosa para que los músicos interpretaran Don Petate, una pieza en ritmo de paseo que, según decía, le evocaba los paisajes y resonancias de su tierra natal. Bastaban sus primeros acordes para verlo colmarse de alegría y buen humor, como si por un instante el recuerdo y la nostalgia se transformaran en celebración, fundiendo dos geografías en una sola emoción. Más allá de la decisiva influencia de los dos sacerdotes ya mencionados en la consolidación de la devoción a San Jerónimo, resulta igualmente digno de destacar un rasgo esencial del carácter ayapelense: su reconocida vocación de anfitriones, querendones y afectuosos por excelencia. Esta cualidad, que trasciende lo cotidiano y se convierte en signo de identidad, fue celebrada a nivel nacional por el médico Orlando Márquez Miranda (q. e. p. d.), quien supo captarla con fina sensibilidad y convertirla en metáfora. Fue así como, en el marco de un concurso radial promovido por la emisora Radio Panzenú, de Montería, acuñó la ya célebre expresión Acuario de Amor y Amistad, una imagen poética con la que, de manera elegante y entrañable, supo nombrar a su querido pueblo. Desde entonces, esa metáfora flota en la memoria colectiva como un reconocimiento público al espíritu cálido y fraterno que distingue a Ayapel y a su gente. Otro personaje al que Ayapel le debe gratitud sincera por su profundo sentido de pertenencia y por habernos enseñado a valorar con mayor conciencia lo que nos es propio, fue el doctor Juan Chejne Oviedo (q. e. p. d.). En la víspera de San Jerónimo, la noche del 29 de septiembre de 1967, mientras departía animadamente con algunos amigos en la intimidad de su hogar, envuelto en el calor de los tragos de whisky y en el ritmo incesante de la Banda San Jerónimo, y animado por una insinuación de su padre, tuvo la luminosa idea de ofrecerle una serenata al santo patrono justo cuando el reloj marcaba las doce de la noche. Aquel gesto espontáneo, nacido entre la camaradería, la música y la emoción colectiva, terminó por convertirse en tradición. Desde esa bendita madrugada, y hasta el día de hoy, el pueblo entero acude fielmente a cumplirle una cita a su patrono, en un acto que conjuga devoción religiosa y expresión cultural, esperado con fervor por propios y foráneos como uno de los momentos más entrañables de las festividades. A Orlando Márquez Miranda y a Juan Chejne Oviedo, gratitud eterna por legarle a sus paisanos un patrimonio simbólico que nos identifica y nos distingue, no solo en la región sino también en el concierto cultural del país, como un pueblo que sabe honrar su fe, su música y su memoria. Así, la ritualidad en Ayapel no es un simple acto repetido por la costumbre ni una manifestación aislada de fervor religioso; es, ante todo, una forma de reconocernos y de permanecer. Cada novena, cada procesión, cada serenata ofrecida en la hora exacta en que el día se rinde ante la noche, constituye un lenguaje simbólico mediante el cual el pueblo reafirma su identidad, enlaza el pasado con el presente y proyecta su memoria hacia el porvenir. En esos rituales —tejidos de fe, música, afecto y comunidad— Ayapel se nombra a sí mismo, se mira al espejo de su historia y se reconoce distinto. La devoción a San Jerónimo, nutrida por sacerdotes, músicos, médicos, cronistas espontáneos y ciudadanos anónimos, ha trascendido el ámbito estrictamente religioso para convertirse en un patrimonio cultural vivo, compartido y celebrado colectivamente. Es allí, en la repetición cargada de sentido, donde el pueblo halla su permanencia: en el rito que convoca, en la música que une, en la memoria que no se deja olvidar. Porque mientras Ayapel siga reuniéndose para honrar a su patrono, seguirá afirmando, con orgullo sereno, que su identidad no se improvisa: se hereda, se cultiva y se celebra. POSDATA: Los datos sobre descubrimiento, fundación, refundación, ubicación y los diferentes nombres que ha recibido Ayapel a través de su historia, fueron tomados de las siguientes fuentes historiográficas: —Juan José Nieto (1839): Orígenes de varias poblaciones —Diego Peredo (1772): Tomo 160 de Manuscritos del Fondo de Libros Raros y Curiosos (Carta enviada a su Majestad El Rey) —Juan de Ardevol (1807): Paso por la Villa de San Jerónimo de Ayapel —Jhon Alejandro Ricaurte: Guía de los Vascos en Antioquia, siglo XVI y XVII —Fray Pedro Simón: Memorias de Fray Pedro Simón

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