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MIS PRIMEROS 72 AÑOS

MIS PRIMEROS SETENTA Y DOS AÑOS Por: Luis Carlos Garnica Márquez

En su magnífica obra La muerte y la vida, el insigne filósofo español José Ortega y Gasset nos lega una frase de luminosa elocuencia: “La vida es un instante en medio de dos eternidades.” Cuánta verdad, cuánta hondura filosófica se condensa en esta expresión, brotada como manantial sereno de una mente brillante. Esta sentencia, sencilla en apariencia, resplandece como una joya tallada con la precisión del pensamiento más profundo, y al mismo tiempo, late con la fuerza de un corazón que ha contemplado la esencia del ser. Comparar la vida con un instante entre dos eternidades es como imaginar una chispa fugaz surcando la vasta noche del tiempo. Somos ese destello, ese parpadeo de luz entre la oscuridad de lo que no recordamos y lo que jamás sabremos. Ortega y Gasset, cual ingeniero de ideas, nos ofrece una visión de la existencia que no solo sacude el intelecto, sino que estremece el alma. Es como si el autor nos invitara a contemplar nuestra propia vida desde la cima de una montaña filosófica, allí donde el tiempo se disuelve y la conciencia se torna espejo. La frase se convierte así en un canto solemne, en una plegaria que honra el breve milagro de estar vivos, suspendidos entre dos infinitos como una gota de agua colgando del pétalo de la eternidad. Al hacer una introspección de mi vida, como quien deshoja un viejo libro de memorias iluminado por la tenue luz del alma, me dejo guiar por la brújula invisible de los recuerdos que el tiempo, generoso, ha permitido rescatar del naufragio del olvido. Así, regreso con el corazón en la mano a los albores de mi infancia, ese jardín secreto donde la vida brotaba con la inocencia de una flor al amanecer. Recuerdo, como si aún pudiese tocarlos, el estreno de mis primeros juguetes, que parecían tener alma propia: eran tesoros mágicos que, en mis manos, se convertían en naves, castillos o dragones, según dictara la fantasía del momento. Vuelvo a sentir en la piel los baños furtivos en la ciénaga y en la Poza, santuarios silvestres donde el agua era cristal de libertad, y cada zambullida, un vuelo de libertad entre risas clandestinas y soles inclementes. Aquellos baños no eran simples juegos: eran rituales de infancia, bautismos secretos en el templo de la naturaleza. Los juegos callejeros con mis amigos eran verdaderas epopeyas en miniatura, donde las aceras eran campos de batalla, y los atardeceres, campanas de retirada. Éramos soldados, exploradores, magos y bandidos, hilando sueños con el hilo invisible de la camaradería y la risa. No faltaron, en ese paisaje de recuerdos, los amores platónicos que germinaron como rosas tímidas en el jardín del corazón, encarnados en la figura etérea de alguna que otra profesora, cuyos gestos —una sonrisa fugaz, una palabra dulce— se grababan en mi alma como versos en piedra. Y tantas otras travesuras, travesías inocentes de un muchacho que aprendía a vivir entre los recovecos del pueblo, ese universo pequeño y entrañable donde cada esquina tenía un secreto, cada sombra, una promesa, y cada día, la eternidad enclaustrada en 24 horas. Hoy, 7 de diciembre, fecha simbólica y luminosa en la que la vida me concede el privilegio de cumplir mis primeros setenta y dos años, me detengo por un instante en la curva del camino y, como quien consulta el retrovisor de su existencia, vuelvo la mirada hacia ese caudal de recuerdos que me han traído hasta aquí. Al hacerlo, con el alma en calma y el corazón en vela, resuena en mí con singular claridad la célebre frase de José Ortega y Gasset: “La vida es un instante en medio de dos eternidades.” Y qué certera se muestra hoy, cuando el tiempo —ese gestor silencioso— me permite ver con asombrosa nitidez aquellos episodios de mi infancia. Es curioso, porque no los siento lejanos, ni gastados por la erosión de los años; al contrario, palpitan aún frescos, como si hubieran sucedido apenas ayer. Son recuerdos que no obedecen al calendario, sino al reloj del alma, ese que no mide en minutos, sino en emociones. Sin embargo, si amplío la mirada y pienso en la vastedad del tiempo —desde los albores de la prehistoria, cuando el ser humano comenzó a nombrar las cosas bajo cielos ancestrales, hasta ese futuro remoto donde caminarán generaciones que no conoceré—, entonces comprendo, con la humildad de una gota en el océano, que mis setenta y dos años son apenas una brizna de arena en el reloj cósmico, una minúscula chispa en la eternidad. Lo vivido hasta hoy es, en realidad, una fracción infinitesimal del tiempo —menos que un suspiro, menos que un parpadeo del universo—, apenas un destello dentro del llamado “Tiempo de Planck”, esa unidad casi inalcanzable que roza el misterio del origen mismo de todo. Y sin embargo, qué pleno se siente este instante. Qué sublime es haber recorrido esta frágil pero intensa travesía de vida, entre la nostalgia del pasado y la incógnita del mañana, porque, aunque breve, este tiempo ha estado colmado de memorias, afectos y aprendizajes, como un pequeño poema escrito en el margen de un libro infinito. A ustedes, mis seres queridos, que han compartido conmigo esta travesía terrenal —con sus días de sol y sus noches de tormenta—, quiero dedicarles estas palabras, nacidas del corazón y escritas con tinta de gratitud. Aunque el tiempo de mi existencia, visto desde la inmensidad del universo, pueda parecer breve y efímero —apenas un soplo, un suspiro entre dos eternidades—, he vivido con plenitud. He vivido intensamente. He saboreado cada instante como quien degusta un manjar reservado para los dioses: disfrutando de lo que me apasiona, de mi trabajo como docente, de mis talentos musicales y literarios, de mis aficiones sencillas pero esenciales, de los amigos sinceros y espontáneos como la lluvia al amanecer… y sobre todo, disfrutando de ustedes, mi familia, mi puerto seguro, mi raíz y mi horizonte. Sé que no todo ha sido fácil; como en todo núcleo humano, hay altibajos, desencuentros y aprendizajes. Pero también hay amor. Mucho amor. Ese amor que, aunque no siempre se diga, se siente… y permanece. Por todo lo vivido, por lo compartido, por lo que fuimos, por lo que aún somos, me atrevo a decir con el alma tranquila: Estoy a paz y salvo con la vida. Y cuando llegue el momento de partir —cuando el destino me invite a llegar al final del túnel—, también me sentiré a paz y salvo con la muerte. Porque quien ha amado, reído, enseñado, soñado, perdonado y agradecido, quien ha vivido con plenitud puede marcharse con serenidad, sabiendo que deja en otros la huella, como quien cierra suavemente un libro preferido después de leer la última página. ¡Gracias por haber sido parte esencial de mi historia! ¡Los llevo en mí, hoy y siempre!

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