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EL FANDANGO DE LA CALLE SANTA BÁRBARA

EL FANDANGO DE LA CALLE SANTA BÁRBARA Por: Luis Carlos Garnica Márquez Desde tiempos inmemoriales —casi desde aquella época fundacional en que Ayapel fue refundado y asentado definitivamente a orillas de su ciénaga majestuosa— la naturaleza festiva, bullanguera y entrañablemente comunitaria de sus habitantes comenzó a marcar el pulso de la vida cotidiana. Bastaba que el calendario insinuara los primeros días de diciembre para que el pueblo entero entrara en un estado de expectante alborozo. En las calles más tradicionales, esas que guardan historias en cada esquina y nombres que aún resuenan en la memoria de los mayores, los vecinos se organizaban por tramos, por cuadras, por afinidades antiguas. Allí, entre conversaciones prolongadas al caer la tarde y acuerdos sellados con sonrisas y promesas verbales, se gestaba la planificación de la esperada cumbia, como se le llamaba entonces a la fiesta que inauguraba el espíritu decembrino. Aquella cumbia primigenia no conocía excesos: era una celebración nacida del pueblo y para el pueblo, animada por el canto ancestral de las gaitas y el diálogo rítmico de los tambores; las maracas y los guaches completaban la percusión, marcando el compás de una música que no solo invitaba al baile, sino que reafirmaba la identidad cultural y el sentido de pertenencia de toda una comunidad. Más que una simple festividad, aquella cumbia era un ritual colectivo, una manera de reconocerse entre iguales y de darle la bienvenida, con música y fraternidad, al mes más esperado del año. Aquellas célebres cumbias, ajenas por completo a cualquier pretensión o intención comercial, surgían de manera espontánea y sincera en los puntos estratégicos de cada calle o plaza, elegidos más por la costumbre y el afecto que por la conveniencia. Bajo el amparo de la noche, cuando el calor cedía apenas y la luna se volvía cómplice, comenzaba el ritual festivo. La música y el baile se extendían sin prisa ni medida, como si el tiempo hubiese decidido suspender su marcha. Las horas transcurrían entre cantos, risas y pasos repetidos hasta bien entrada la madrugada; y no eran pocas las ocasiones en que, impulsadas por el entusiasmo incontenible de los participantes, aquellas celebraciones desafiaban al sueño y al cansancio y se prolongaban hasta recibir, sin haber callado un solo tambor, los primeros resplandores del amanecer. Así, entre el eco persistente de las gaitas, la resistencia etílica y el hamaqueo feliz de los cuerpos, nacía un nuevo día, testigo silencioso de una fiesta que no conocía relojes ni límites, sino únicamente el gozo colectivo de un pueblo que celebraba su propia existencia. En medio del bullicio festivo de aquellas cumbias inmemoriales —cuando la noche parecía no tener prisa y la música marcaba el pulso del pueblo— aún conservo la imagen viva del señor Manuel Jerónimo Oviedo, a quien todos conocían como “El Mezo”, arrancándole melodías profundas y ancestrales a su gaita de cabeza de cera, como si en cada soplo despertara la voz dormida de la tierra. A su lado, Cecilio y el Yoyo, piteros insignes de esos tiempos, sostenían el diálogo sonoro que envolvía las calles y plazas, dándole forma a una tradición que no necesitaba partituras para existir. El tambor alegre, firme y vibrante, estaba en manos de Fidel Muñiz, mientras que el guache, marcando el compás con su son metálico y persistente, lo sacudía el inolvidable “Cojo Hernández”, personaje tan entrañable como imprescindible en aquellas faenas musicales. Aliados conformaban un conjunto espontáneo y poderoso, forjado más por la memoria y el instinto que por la academia, pero dueño de una riqueza expresiva inmensa. Todos ellos, sin proponérselo, sembraron una herencia sonora que hoy perdura en las generaciones posteriores: músicos empíricos, guardianes de una tradición oral y rítmica que sigue latiendo en el corazón del pueblo, como un legado que se transmite de oído en oído, de fiesta en fiesta, y de recuerdo en recuerdo. Con el paso de los años, y al compás de los cambios que inevitablemente trae el tiempo, la aparición y consolidación de las bandas de música de viento fueron marcando un giro decisivo en el paisaje sonoro del pueblo. Aquellas cumbias ancestrales, tan íntimas y cercanas, comenzaron a desvanecerse poco a poco, no por olvido, sino por evolución, dando paso a un formato musical más estructurado, de mayor proyección y resonancia colectiva. Las gaitas, los tambores, las maracas y los guaches —custodios de una tradición primigenia— fueron cediendo su protagonismo a la potencia y el orden de nuevos instrumentos. Trompetas y clarinetes anunciaron la transición; trombones y bombardinos aportaron profundidad y cuerpo; mientras que bombos, platillos y redoblantes imprimieron un pulso marcial que amplificó la fiesta y la llevó a escenarios más amplios. Así, la música del pueblo no se extinguió: se transformó. Cambió de piel sin perder el alma, adaptándose a los nuevos tiempos y reafirmando, una vez más, la inagotable capacidad de Ayapel para reinventar sus celebraciones sin renunciar a su esencia. La mutación del formato musical no solo transformó el sonido de las fiestas callejeras, sino que trajo consigo un cambio simbólico en su manera de nombrarlas. Aquella celebración, que durante años fue llamada simplemente “cumbia”, empezó a adoptar un nuevo calificativo: “fandango”. No se trataba de una ruptura abrupta, sino de una transición paulatina, casi natural, que convivió durante algún tiempo en el tejido social del pueblo. Así, mientras en algunas calles persistía la cumbia, fiel a su espíritu espontáneo y ancestral, en otras —quizás más organizadas, más ambiciosas en su puesta en escena— comenzaban a imponerse los fandangos, con bandas de viento, mayor despliegue y una estructura festiva más definida. Cada calle encontraba su propia forma de celebrar, y en esa diversidad se expresaba la vitalidad cultural de Ayapel. De este modo se desenvolvieron y administraron las fiestas callejeras de fin de año durante varias décadas, hasta que, hacia mediados de la década de los setenta, las cumbias terminaron por desaparecer del todo. El fandango quedó entonces como único heredero de aquella tradición festiva, no como una negación del pasado, sino como la forma que adoptó la memoria colectiva para seguir celebrándose a sí misma al ritmo del tiempo. A partir de los años setenta, y conforme el tiempo iba decantando gustos y memorias, algunos fandangos comenzaron a sobresalir y a ganar renombre propio. No era casualidad: su prestigio se forjó gracias a una organización más cuidadosa, a una concurrencia cada vez más numerosa y, sobre todo, al privilegio de ser animados por bandas de reconocida jerarquía musical, cuyo solo nombre bastaba para convocar al pueblo entero. Por esos fandangos memorables desfilaron agrupaciones de alto prestigio regional, verdaderas escuelas de música y tradición: la banda de Laguneta, la de Manguelito, la de Rabo Largo, la de Caimito, la de Chochó y la de Colomboy, entre otras. Cada una dejó su huella sonora, su estilo particular y su forma de dialogar con el público, elevando la fiesta a una dimensión que trascendía lo meramente festivo; y, por supuesto, en ese selecto desfile musical tuvo un lugar de honor nuestra querida Banda San Jerónimo de Ayapel, orgullo local y fiel intérprete del sentir popular, que supo ponerle identidad propia a cada fandango y reafirmar, con cada nota, el vínculo profundo entre la música y el alma del pueblo. Así, los fandangos dejaron de ser simples celebraciones callejeras para convertirse en acontecimientos esperados, narrados y recordados, verdaderos hitos de una historia colectiva que aún hoy sigue resonando en la memoria musical de Ayapel. Como antes ocurriera con las cumbias, los fandangos también comenzaron a sentir el peso silencioso del tiempo. En las últimas décadas del siglo pasado, muchos de ellos fueron perdiendo vigor, convocatoria y continuidad, hasta quedar reducidos a unos pocos que lograron sostenerse gracias a su sólida organización y a la fidelidad de sus asistentes. Así, solo permanecieron vigentes los fandangos de la calle Santa Bárbara, el de la calle de Los Músicos y el de la calle del Pozón, verdaderos bastiones de una tradición que se resistía a desaparecer. Con el transcurrir de los años, la lista volvió a acortarse. Hoy, apenas sobreviven dos de aquellos encuentros que alguna vez animaron las noches decembrinas del pueblo: el fandango de la calle de Los Músicos, celebrado cada 30 de diciembre, y el de la calle Santa Bárbara, que convoca a propios y visitantes el 23 del mismo mes. Ambos continúan siendo, más que fiestas, actos de resistencia cultural y memoria viva. Los demás fandangos se han ido apagando sin estridencias, sin despedidas formales y, sobre todo, sin una causa justa o claramente conocida. Se fueron diluyendo entre cambios sociales, nuevas formas de celebración y el olvido progresivo de ciertas costumbres, dejando tras de sí un vacío que aún resuena en la nostalgia de quienes los vivieron. Así, entre ausencias y persistencias, los fandangos de Ayapel narran también la historia de un pueblo que ha sabido celebrar, transformarse y, a veces, perder parte de su alegría colectiva sin alcanzar a explicarse del todo, el por qué. Ayer, 22 de diciembre de 2025, en el transcurrir desprevenido de una conversación entre amigos, me llegó una noticia que cayó como un silencio abrupto en medio de la fiesta: el fandango tradicional de la calle Santa Bárbara no se realizaría este año. La revelación, simple en apariencia, tuvo en mí un efecto profundo y casi físico; sentí que algo esencial de nuestra vida colectiva quedaba en suspenso, como si al calendario le hubieran arrancado una de sus fechas más entrañables. Movido por esa inquietud —mezcla de asombro, tristeza y responsabilidad— decidí iniciar de inmediato las averiguaciones pertinentes. Caminé las calles, toqué puertas, hice llamadas telefónicas y busqué la voz de aquellos personajes que, según mi apreciación y memoria, han sido los verdaderos gestores y custodios de ese encuentro popular. Quise entender las razones, conocer los silencios y descifrar las circunstancias que habían llevado a la interrupción de una tradición que, por años, ha sido punto de encuentro, celebración y reafirmación de lo que somos. A cada paso se hacía más clara una convicción que ya venía madurando en mí desde hace tiempo: el fandango de la calle Santa Bárbara no es un simple evento festivo ni una reunión circunstancial. Es, en esencia, una expresión viva de la historia local, un rito urbano cargado de simbolismo, memoria y afecto comunitario. Por ello, y desde la más sincera preocupación por la preservación de nuestras raíces, considero que este fandango debe ser reconocido y declarado Patrimonio Histórico y Tradicional de Ayapel, no como un gesto protocolario, sino como un acto de justicia cultural hacia quienes lo crearon, lo sostuvieron y lo han transmitido de generación en generación. Para comprender la verdadera dimensión del fandango de la calle Santa Bárbara, resulta imprescindible remontarnos a su génesis, volver la mirada hacia sus orígenes y, sobre todo, enseñar a las nuevas generaciones quiénes fueron los hombres que encendieron por primera vez esa llama festiva que aún hoy ilumina nuestra memoria cultural. Entre los precursores iniciales de este fandango tradicional sobresalen nombres que el tiempo no ha logrado borrar: Leonidas Cuadrado, César Montes, Eugenio Quintero y Nicolás Correa. Todos ellos ya han partido, pero dejaron sembrada una huella profunda en el entorno musical y social del pueblo, una impronta que sigue resonando en cada redoble y en cada paso de baile. Como ocurre con muchas expresiones populares, la historia del fandango no ha sido lineal ni exenta de silencios. En el siglo pasado, esta celebración callejera permaneció suspendida durante cerca de diez años, como si hubiera quedado atrapada en una pausa inevitable. Sin embargo, la tradición —terca y resiliente— encontró la manera de renacer gracias al empuje de nuevas generaciones y al compromiso de hombres y mujeres que entendieron que el fandango no podía desaparecer sin llevarse consigo una parte esencial de nuestra identidad. Fue así como, bajo el liderazgo emprendedor de Juan Chejne Oviedo, Orlando Márquez Miranda, Ezequiel Llanos, los hermanos Alfonso, Jorge y Luis Gabriel Miranda, Carlos Márquez, Lenin Quiroz, Osvaldo Ávila, Julio Oviedo Mercado, Flor María Covo, Ana María Villadiego, Ester Noriega, la Niña Lola, Fernando Ribón y su inseparable Lindita, la festividad volvió a tomarse la calle, devolviéndole al barrio su música, su alegría y su vocación de encuentro. A este esfuerzo se sumaron familias enteras que hicieron del fandango una causa común y un legado compartido: los Pasos, los Oviedo Pasos, los Miranda Buelvas, los Márquez Miranda, los Villadiego, los Llanos Pérez, los Cermeño, los Ribón, los Abisambra, entre muchas otras que, con su presencia constante, sostuvieron la celebración año tras año. Gracias a todos ellos, el fandango de la calle Santa Bárbara dejó de ser solo un recuerdo para convertirse nuevamente en una expresión viva, colectiva y profundamente nuestra; una tradición que se rehace con cada generación, pero que nunca olvida a quienes le dieron origen. Me relató Julio Oviedo Mercado en su residencia de la calle Santa Bárbara, que hubo uno de aquellos años en que el fandango estuvo a punto de no realizarse, ahogado por las estrecheces económicas y por la incertidumbre que suele rondar a las tradiciones cuando parecen quedarse sin respaldo. La noticia, que corría de boca en boca entre los vecinos de la calle, empezaba a asumirse con resignación, como si el silencio fuera a imponerse esa vez sobre la música. Fue entonces cuando Juan Chejne, en una visita casa por casa, confirmó lo que ya se temía: no había condiciones para que el fandango se llevara a cabo. Pero lejos de aceptar la derrota, y quizá movido por la indignación que solo sienten quienes defienden lo que aman, tuvo un arrebato de furia lúcida y determinación irrevocable. Aquella noche del 22 de diciembre, ante la mirada expectante de los presentes, tomó una decisión que cambiaría el rumbo de los acontecimientos: autorizó a Julio para que, sin más dilaciones, llamara de urgencia a la banda de Manguelito y ordenara su presencia en Ayapel a las cinco de la tarde del día siguiente. Y así ocurrió. Como si la voluntad hubiese convocado al destino, la banda llegó puntual el 23 de diciembre, siendo recibida por un nutrido grupo de personas en la entrada del pueblo. No hubo discreción ni silencio: la banda fue paseada por las calles, recorrió el corazón de Ayapel y anunció con sus metales y redoblantes lo que muchos ya creían perdido. Era la manera más clara y sonora de decirle al pueblo que sí, que habría fandango esa noche en la calle Santa Bárbara. Aquella decisión, tomada al filo del desaliento, no solo salvó una celebración: reafirmó el carácter indomable de una tradición que se resiste a morir y que, una y otra vez, encuentra en la determinación de sus guardianes la fuerza necesaria para seguir bailando contra el olvido. Hoy, 23 de diciembre de 2025, la calle Santa Bárbara amaneció sin el presagio de los metales ni el temblor alegre de los tambores. No habrá fandango. Y aunque Julio Oviedo Mercado, Ezequiel Llanos, Iván Márquez Barrios y muchas de las familias que históricamente sostuvieron esta tradición aún habitan la calle, la ausencia pesa más que la presencia, porque el tiempo —implacable y silencioso— ha ido llevándose a algunos de sus más firmes guardianes. Ya no están Juan Chejne, Ramón Pasos, Ana María Villadiego ni Fernando Ribón, cuyas voces, decisiones y empeños fueron durante años el andamiaje invisible que sostuvo la fiesta. Otros gestores imprescindibles en el pasado, como los hermanos Alfonso, Jorge y Luis Gabriel Miranda, se han visto obligados a retirarse de la actividad, no por falta de voluntad, sino por razones de domicilio y de salud, esas circunstancias inevitables que también van marcando el ritmo de la historia. Así, la calle permanece, las casas siguen en pie y la memoria resiste, pero el fandango —ese acto colectivo que hacía del espacio cotidiano un territorio de celebración— hoy se queda en suspenso. No como un final definitivo, sino como una pausa dolorosa que invita a la reflexión: las tradiciones no mueren de golpe; se van apagando lentamente cuando quienes las cargan ya no pueden, o ya no están. Sin embargo, mientras la calle guarda silencio y la noche transcurre sin música, queda abierta una certeza que se niega a extinguirse: las tradiciones no pertenecen únicamente a quienes las fundaron, sino también a quienes están llamados a continuarlas. El fandango de la calle Santa Bárbara no es solo memoria; es una tarea pendiente, una herencia que espera nuevas manos, nuevos pasos y nuevas voluntades dispuestas a sostenerla. Las generaciones que hoy crecen en estas mismas casas, que caminan por la misma calle y escuchan estas historias, tienen ante sí la oportunidad —y la responsabilidad— de recoger ese legado y reinventarlo sin traicionar su esencia. Porque mientras haya alguien que recuerde, que cuente, que convoque y que se atreva a encender de nuevo la música, el fandango no habrá muerto: estará simplemente aguardando su próximo renacer. Y quizá, cuando vuelva a sonar, no será solo una fiesta más, sino el testimonio vivo de que Ayapel supo honrar su pasado confiando en el futuro.

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